Bajo el estanque.

 

Barcelona 19 de junio de 2014.

 

Por razones familiares y profesionales de mi padre, mis hermanos y yo pasábamos horas ocasionalmente en los jardines neoclásicos del siglo XVIII y XIX del Laberinto de Horta en Barcelona, antigua propiedad de un marqués hasta que éste la cedió a la ciudad como jardín-museo. Toda mi vida me he rodeado de este tipo de jardines desde pequeña, con sus mantos de flores cercados por pequeñas piedras y caminos de piedrecitas blancas y redondas, que crujían al pisarlas con ese sonido tan particular.

Incluso entre mis lecturas preferidas de Mercé Rodoreda , (Aloma, La Plaça del Diamant , Mirall trencat... ) han sido una constante en las mismas. Tambiém mi escuela Arc Iris, antigua 26 de Enero, creada en principio para niños con dificultades por sus duras condiciones de vida y que necesitaban atenciones especiales, pude disfrutar en sus patios de este tipo de jardín.

 

Cuando el Laberinto se encontraba cerrado al público, corríamos por todos sus rincones jugando y dándonos de tortas entre sus setos y flores, hasta que no podíamos más y parábamos a sentarnos en la fuente central al final del recorrido.

La fuente era redonda, con un chorrito en el medio que subía tan alto como quisiéramos ya que conocíamos el grifo secreto que lo encendía y lo regulábamos a la altura que nos daba la gana.

A veces, pasaba horas sentada con los pies metidos en el agua, escuchándola caer y admirando su movimiento y reflejos, así como los seres que campaban a sus anchas: había renacuajos, arañas con unas patas larguísimas y libélulas (en catalán las libélulas se llaman Espia-dimonis, ese nombre siempre me ha hecho mirarlas con desconfianza).

Y ahí ,entre todo ese entretenimiento, nadaban los peces; eran lánguidos y suaves, transparentes, como el velo de una novia mojado y ¿teloso?, se deslizaban perezosos con esos colores tan suyos y brillos que tanto han llamado siempre mi atención.

Movía los pies hacia adelante y se acercaban curiosos una y otra vez, iban y venían y así pasaba horas embobada bajo el sol, relajada, observándolos, perezosa.

De repente algún grito captaba mi atención y me alertaba, giraba la cabeza para ver que estaba ocurriendo, entrecerrando los ojos, sacaba los pies del la fuente y me levantaba lentamente.

Mis hermanos corrían entre los setos, uno tras otro, chillando, llorando y riendo; volvían a estar dándose de tortas. Se me iluminaba la cara, sonreía de alegría y echaba a correr tras ellos.

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